¡La Complicidad Perfecta¡ ...

¿Qué tiene el mundo swinger que puede ser tan adictivo?

Después de que Matías Alé, afamado más todavía por su reciente brote psicótico, declarara su adicción al mundo SW, y luego de que Graciela Alfano respondiera que “no tiene nada de malo ser swinger, estamos en el siglo XXI”; nos preguntamos, ¿qué tiene el mundo de los oscuros túneles de los boliches swingers que resulta tan seductor y adictivo?

hall está rodeado de luces azules de neón. Abajo, un bar con mesas blancas y altas en donde se puede tomar algo, hacer la previa. Todavía es temprano y casi todas las parejas se instalan solas, no hablan con otras, observan. Nadie se dirije la palabra porque el tan mentado “intercambio” no ocurrirá en ese lugar, demasiado expuesto e iluminado. La dark room (salón oscuro con sillones plastificados de las más diversas formas, cuartos con distintos tipos de luces, dispensers de profilácticos, etc.) es el escenario principal de los clubs SW, es el objetivo. Pero para eso, primero hay que animarse a entrar.

Casi todos los clubs swingers de Buenos Aires cuentan con “guías”. En la puerta de ingreso explican el funcionamiento del mismo –reglas básicas de convivencia- a los novatos y primerizos. También a los que van confundidos: “sabés que esto es un club SW, ¿no?” En el ingreso, cual marca de ganado, te pondrán una pulserita fluorescente en la muñeca. Según el color, indicará si vas como soltera, o en pareja. Una mujer o un grupo de mujeres solas en general entran sin costo; las parejas, en cambio, tienen diferentes aranceles dependiendo del horario de llegada. Los hombres solos pagarán aún más, el arancel más alto. Es común que una amiga y un amigo se pongan de acuerdo en hacerse pasar por una pareja e ir a curiosear de qué viene la cosa.

Un minitour del lugar: el salón principal (pista de baile); subiendo la escalera de la mano derecha la sala para parejas a la que solo se puede ingresar de a dos (cerrada con una tela negra y con seguridad en la puerta), de la otra mano la sala de tríos, subiendo un piso más la sala de solos y solas. Ok, empieza la aventura.

En el resto del boliche se baila música del momento, las barras están llenas, las consumiciones se piden una detrás de la otra. Los mozos no dan a basto. Las parejas y grupos de amigos que se ven dispersos por todo el salón son de edades variadas. En un momento, se decía, los swingers eran de 40 para arriba (cuando las parejas ya habían pasado la etapa del primer amor y como paliativo del aburrimiento iban en busca de nuevos estímulos), pero ahora, nada más lejano a la realidad. Sweet, en San Telmo, abrió apuntando su marketing a los más jóvenes. Éstos, con tan solo meses o un año de noviazgo, ya están intercambiando parejas y dicen no querer perderse nada. No es infidelidad lo que ocurre, y esto último es importante.

Se disfruta de ver a la pareja en una situación sexual tratando de que el intercambio ocurra lo más “equilibradamente” posible. Cada dupla arma su propio contrato previo: hasta acá sí, hasta acá no. Esto sí, besos no. Penetración no, lo otro sí. “Swinguer”, en ingles, refiere al verbo “columpiar”; para balancearse hay que hacer equilibrio porque si no se rompen los esquemas. El respeto por los códigos internos y externos es parte de esto: 1- de lo que la propia pareja establece como válido; 2-de no ser invasivo con otras parejas que tienen sus propios acuerdos válidos también. Por ejemplo, un toque de hombro o en alguna parte del cuerpo es señal del acercamiento cortés; “tirársele encima” al otro no es lo más adecuado ni en una dark room. Aunque, últimamente, hay que decirlo, no es todo tan decoroso. El zarpe ocurre como en cualquier lugar oscuro y es parte del juego, el que no quiere, se corre, se va y nadie le dice nada. Abundan las parejas que buscan una chica. Las mujeres en general son más generosas, los varones entre sí en general no se tocan. Muchos intercambios derivan a un hotel, pero la mayoría se resuelven ahí mismo.

¿Se vuelve del SW? Sí. Se vuelve pero diferente, habiendo cruzado un límite. Se vuelve para no volver atrás. Como las drogas duras, puede generar adicción: si una no encontró esa noche la satisfacción que buscaba (porque no se dio, no se animó, porque fue muy quisquillosa), se vuelve. Si la encontró, también se vuelve. De repente, liberar a la pareja es autoliberador. La fantasía y el miedo de los cuernos se desarman o juega a favor de la complicidad. Al final no era tan grave. Ya sea que la noche termine de a cuatro o de a seis, hay un retorno al hogar que se hace de a dos y ahí se produce lo verdadero. ¿Viste? No fue tan grave, ¿cuándo volvemos?

Adicción faltal

Según el doctor Walter Ghedín: “La excitación swinger se basa en el doble papel de ser protagonista y espectador de la escena sexual. La mirada voyeur se nutre de la fantasía convertida en acción frente a sus ojos. También hay que agregar que la experiencia SW tiene aspectos más profundos que arraigan en la construcción misma del vinculo de pareja: “porque te poseo te comparto”. Las personas que acuerdan este tipo de práctica cuentan con la capacidad para disociar la imagen del otro: aquel que ama, comparte la vida cotidiana y acompaña en los proyectos, con el “sujeto erótico/sexual” generador de intenso placer. Pero ojo, sentir deseo por repetir la experiencia no convierte a la persona en adicto sexual. Como toda adicción se requiere de la necesidad imperiosa de “consumir” experiencias eróticas, que además de brindar placer, calme el estado de tensión interna; para que después de un tiempo regrese el impulso urgente y busque ser saciado. Las compulsiones sexuales provocan abstinencia (ansiedad, irritabilidad, insomnio, conductas de riesgo, etc.) cuando no son satisfechas. En el erotismo todo aquello que fue fantasía y se convierte en una realidad tiene una carga mayor de excitación. Y como todo goce se basa en la repetición y en insatisfacción, buscará ser saciado.”

Fuente www.labocaroja.com


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